El mundo ha entrado en una era de quiebra hídrica global, lo que hace que cada vez sea más difícil ignorar el riesgo hídrico en la financiación de infraestructuras.
Muchas cuencas fluviales y acuíferos ya no pueden volver a los niveles históricos. Los proyectos de infraestructura se ven cada vez más expuestos a condiciones hídricas que difieren de aquellas para las que fueron diseñados, lo que genera riesgos operativos y financieros cada vez mayores para los promotores e inversores. Los suministros que antes eran fiables están dejando de serlo. Las inundaciones y las sequías son más frecuentes, y los sistemas naturales que almacenan y depuran el agua se encuentran sometidos a una gran presión.
NatureFinance y el Grupo para el Desarrollo de Infraestructuras Privadas analizan estos retos en su último informe, «Invertir en infraestructuras relacionadas con el agua y dependientes de ella: riesgos, consideraciones y oportunidades». El informe analiza cómo los riesgos hídricos afectan al rendimiento de las infraestructuras, a su resiliencia y a los resultados de las inversiones, y establece un marco práctico para integrar los ecosistemas en la forma en que se evalúan, valoran y gestionan dichos riesgos.
Su argumento central es que, aunque los mercados financieros reconocen cada vez más el riesgo hídrico, la financiación de infraestructuras sigue teniendo dificultades para valorar e invertir en los ecosistemas que sustentan la resiliencia de los proyectos.
Por qué el riesgo hídrico no se tiene en cuenta en las decisiones de financiación de infraestructuras
El riesgo hídrico está adquiriendo relevancia financiera. Las agencias de calificación crediticia están empezando a incorporar el estrés hídrico en sus evaluaciones de los sectores y los Estados más expuestos. Los grandes inversores institucionales están asignando capital en función de la exposición a los riesgos relacionados con el agua y retirándolo de los activos más expuestos.
Cada vez hay más datos que indican que estos riesgos ya están afectando al valor de los activos y contribuyendo a la aparición de activos varados.
Los bancos centrales están llegando a conclusiones similares sobre la importancia económica general del riesgo hídrico. Un estudio realizado por el Banco Central Europeo y la Universidad de Oxford reveló que, de entre todos los riesgos relacionados con la naturaleza a los que se enfrenta la economía de la zona del euro, la escasez de agua y el deterioro de su calidad son los que tienen mayor relevancia financiera.
Sin embargo, este creciente reconocimiento del riesgo hídrico en la financiación de infraestructuras no está influyendo de manera sistemática en las decisiones que se toman a nivel de proyecto.
Muchos inversores e instituciones financieras evalúan el riesgo hídrico utilizando herramientas como el «Water Risk Filter» de WWF y «Aqueduct» del WRI. Sin embargo, estas herramientas están diseñadas para identificar y dar a conocer los riesgos y las dependencias, no para traducirlos en precios financieros. Como resultado, la forma en que el riesgo hídrico influye en las decisiones de inversión varía de una institución a otra. Incluso cuando se identifica una dependencia significativa, a menudo no se le da mayor importancia. Rara vez influye en los precios, los contratos o la forma en que se financia un proyecto.
Ciudad del Cabo: considerar la naturaleza como una infraestructura
Ciudad del Cabo constituye un ejemplo poco común de ciudad que evalúa la infraestructura basada en la naturaleza por sí misma. Tras la sequía de 2015-2018, que llevó a la ciudad al borde del «Día Cero», las autoridades se vieron presionadas para ampliar el suministro de agua mediante infraestructura gris tradicional, como plantas desalinizadoras y la ampliación de presas.
Sin embargo, existía una opción más rentable río arriba. Unas especies arbóreas exóticas invasoras, que consumen grandes cantidades de agua, habían colonizado más de dos tercios de las cuencas hidrográficas que alimentan los embalses de la ciudad. Su eliminación y la restauración de la cuenca permiten obtener agua a un coste unitario a lo largo del ciclo de vida de 1,2 rands/m³, frente a los 14,9 rands/m³ que cuesta la desalinización.
El problema es que rara vez se realizan comparaciones de este tipo. La infraestructura «gris» —como las plantas, las presas y las tuberías— y la infraestructura «verde» —como las cuencas hidrográficas, los humedales y los bosques— casi nunca se evalúan ni se financian como un único sistema. Cuando se evalúan por separado, la opción «verde» se presenta como un coste adicional en lugar de como una alternativa más económica. Por lo tanto, las soluciones integradas se infravaloran sistemáticamente, incluso cuando, como en Ciudad del Cabo, ofrecen la mejor opción.
El Canal de Panamá: una dependencia que no tiene precio
El Canal de Panamá es un ejemplo de lo que ocurre cuando no se lleva a cabo esta evaluación. Su funcionamiento depende de las precipitaciones en una única cuenca hidrográfica. Las esclusas funcionan con agua dulce del lago Gatún y cada tránsito consume decenas de millones de galones de este lago.
Sin embargo, parece que esta dependencia no se ha reflejado en el modelo financiero del canal. Considerar un sistema natural como una externalidad fija no elimina el riesgo. Simplemente hace que, por defecto, sea el proyecto el que asuma dicho riesgo.
Este riesgo se materializó entre 2023 y 2024, cuando la sequía provocó que el nivel del lago Gatún alcanzara mínimos casi históricos y obligó al canal a reducir los tránsitos en casi un tercio durante el ejercicio fiscal de 2024. Los buques tuvieron que hacer cola durante días o fueron desviados miles de millas por Sudamérica o a través del Canal de Suez, lo que aumentó los costes de transporte y los plazos de entrega. Dado que las tasas del canal constituyen una importante fuente de ingresos para el Estado, esta interrupción también afectó a las finanzas públicas de Panamá.
El sistema natural en el que se basa el canal nunca recibió financiación como infraestructura. Panamá está invirtiendo ahora unos 1.600 millones de dólares en un nuevo embalse y una presa: una respuesta artificial a un sistema natural en cuya conservación no invirtió.
De la identificación de los riesgos relacionados con el agua a la financiación de la resiliencia
El análisis más amplio del informe, ilustrado con los casos prácticos de Ciudad del Cabo y el Canal de Panamá, identifica cuatro obstáculos clave para la financiación de la resiliencia hídrica:
1. La infraestructura gris y la verde rara vez se evalúan como un único sistema
2. Cuando los sistemas naturales se consideran externalidades fijas, los proyectos asumen el riesgo de forma implícita y dicho riesgo no se tiene en cuenta en la fijación de precios.
3. Los ecosistemas de los que depende la infraestructura rara vez reciben financiación por los servicios que prestan
4. La oferta de seguros asequibles para riesgos hídricos a gran escala, incluida la sequía, sigue siendo limitada.
En conjunto, estos resultados apuntan a un problema de financiación más profundo. Proteger un sistema de abastecimiento de agua suele servir para evitar pérdidas futuras, más que para generar ingresos inmediatos. Su valor puede reflejarse en un suministro de agua más fiable, en menores costes de explotación o en una reducción de las interrupciones del servicio, pero no genera automáticamente el efectivo necesario para amortizar un préstamo o ofrecer una rentabilidad a los inversores.
Tampoco siempre existe una red de seguridad cuando se produce una crisis. Actualmente no existe ningún producto de seguro «listo para usar» que permita transferir una crisis de sequía de esta magnitud. En principio, existen instrumentos paramétricos que pagan automáticamente cuando se cumplen condiciones predefinidas, como el déficit de precipitaciones. Sin embargo, la cobertura a esta escala sigue siendo a medida, con escasa liquidez en el mercado, y puede no ajustarse a las pérdidas reales, lo que deja a los proyectos expuestos incluso cuando se cuenta con un seguro. Por lo tanto, las pérdidas no aseguradas son habituales, sobre todo en las economías emergentes y en desarrollo, lo que hace que la exposición recaiga sobre los balances de los proyectos y las administraciones públicas.
Para salvar esta brecha, es necesario realizar una evaluación de las infraestructuras que permita reconocer el valor total de la protección de los ecosistemas, así como modelos de financiación que conviertan algunos de esos beneficios en fuentes de ingresos aptas para la inversión. Entre ellos podrían figurar los pagos por servicios ecosistémicos, los rendimientos basados en resultados y los mecanismos que asignen un valor financiero a los costes evitados.
Muchos de los elementos básicos necesarios ya existen. Las ciudades y las empresas de servicios públicos utilizan fondos destinados al agua para financiar medidas de conservación en las cuencas hidrográficas. El capital catalizador puede hacer viables proyectos que, de otro modo, no lo serían. Los inversores ya participan en instrumentos vinculados a resultados, como los bonos de resultados del Banco Mundial, en los que la rentabilidad depende de la consecución de determinados resultados medioambientales.
Lo que falta es una aplicación más generalizada. Estos enfoques deben ir más allá de las transacciones aisladas y pasar a formar parte de las decisiones rutinarias de evaluación de proyectos, fijación de precios y financiación.
El riesgo hídrico no debería hacerse patente únicamente cuando las infraestructuras empiezan a fallar. Los inversores, los financiadores y los promotores de proyectos pueden actuar con mayor antelación si consideran el estado de los ecosistemas como una variable financiera, evalúan conjuntamente las infraestructuras grises y verdes y financian no solo el activo en sí, sino también los sistemas naturales que garantizan su buen funcionamiento. El siguiente paso es convertir esto en una práctica habitual en el ámbito de la inversión.